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ENCUESTA  |
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¿Considera que Orihuela es una ciudad sucia? |
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Número 291]
• [ del Viernes 14 de Octubre
al Jueves 20 de Octubre de 2005
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Hace pocos años el célebre modisto Paco Rabanne predijo el fin del mundo para un día 11 de agosto. No sé si lo recuerdan. Yo sí. Yo estuve esperándolo desde muy temprano de la forma más sensata con la que creo, sinceramente, que uno tiene que enfrentarse a estos singulares sucesos. Nada de llantos histéricos, ni de imprecaciones estériles, ni de rezos arrebatados; mucho menos mesarse los cabellos, rasgarse las vestiduras o dar brincos y piruetas sin sentido. No. Yo me instalé cómodamente encima del lavavajillas y pasé el tiempo alternando el repaso minucioso de los manuales de instrucción de todos los electrodomésticos de la casa, con la abrupta lectura de la parte pesimista de los prospectos farmacológicos de mi amplia colección particular. Ustedes ya saben; ese cúmulo de advertencias, contraindicaciones, efectos secundarios, andarse con ojo, intoxicaciones, sobredosis y otras desgracias que acompañan a todo medicamento y obligan al lector doliente a morir de la impresión, o a leer de carrerilla la parte optimista para curarse: " La porculinidoxa alivia instantáneamente las molestias hemorroidales, gracias a su actividad calmante, vasoconstrictora, antiprurítica y refrescante de acción prolongada". Debido a este peculiar entrenamiento mental, yo era consciente de que ante la naturaleza apocalíptica de las informaciones farmacéuticas uno, atemorizado por tanta posible desgracia, podía afrontar todos los fines del mundo habidos y por haber como una liberación. Es más, incluso sería capaz de anhelarlos con fervor desesperado, casi religioso. Sin embargo, el espantable acontecimiento no se produjo y los indocumentados le echaban la culpa a Paco Rabanne, a Nostradamus y hasta a Rappel, el pobre, que en aquella ocasión - y pese a ser una cosa tan de vida o muerte - no había dicho una palabra sobre el asunto, ni había levantado una carta. Pues no señor. La culpa de que el fin del mundo no ocurriera en aquel agosto no la tenían ellos. Tampoco los otros profetas, arúspices, agoreros, zahoríes y demás videntes con tarot evolutivo o sin él que vienen dando la tabarra sobre lo mismo. Sucede simplemente que el fin del mundo no se pudo realizar según lo previsto. Ya está. Pero eso no quiere decir que nos quedemos sin fin del mundo. Qué va. Aseguran fuentes bien informadas que, según algunas noticias de buena fuente, donde se planifican estas cosas tan gordas no lo tenían muy claro. Los problemas técnicos, incluso filosóficos y prácticos, se acumulaban más de la cuenta sin que se le pudiera dar una solución antes de la fecha fatal, como estaba anunciado. Se hablaba por una parte de infraestructura deficiente: mucho pecador y poco infierno, cielo de escaso atractivo, ángeles ineficaces, demonios demasiado feos, penas a fuego eterno y torturas que atentan contra los más elementales derechos humanos, trompetas del Día del Juicio Final que desafinan, dificultades con la unión familiar de los cuerpos en la Resurrección de la Carne (los hijos de puta, ¿con qué padre se van?) .... Eso por una parte. Pero es que por otra, parece ser que tampoco se habían tomado medidas definitivas, sobre cómo conseguir un fin del mundo espectacular, aunque sin caer en megalomanías extemporáneas: plagas, holocausto atómico, choque de meteoritos, guerra extraterrestre, etc.; amén de otras dificultades relativas a la energía precisa, el espacio, la expansión del universo, la eternidad... En fin, un desastre. Así que, según se sabe ahora de buena tinta, la autoridad competente tomó la medida más lógica y oportuna en casos así: suspender el fin del mundo hasta nueva orden. Y siempre que el tiempo no lo impida.
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ELÍAS CORTÉS
Viernes 14 de octubre de 2005
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